¿CÓMO MEDITA
UN CRISTIANO?
¿Qué es la
meditación para el cristiano?
La meditación es: silencio, reverente escucha y
obediente recepción de la Palabra de Dios, en vista a conformar según ella toda
mi vida; ser y estar con Dios: “permanezcan en mí, como yo permanezco en
ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí solo, si no está unido a
la vid, así sucede con ustedes” (Jn 15,4); acercarse a aquel misterio de
la unión con Dios, que los Padres Griegos llamaron divinización del hombre:
“Dios se ha hecho hombre para que el hombre sea Dios” (San Atanasio); retornar a buscar la virtud y el amor de
Dios, y no a encontrar saber en general o una particular disposición
psicológica”. (San Francisco de Sales,
Introducción a la vida devota, Filotea, II,V); pensar sobre alguna
verdad de fe, para creer con mayor convicción, amarla como un valor concreto
que me atrae, practicarla con la ayuda del Espíritu Santo. Se trata de un
conocer amorosamente. Implica reflexionar, amar, y tener propósitos prácticos.
Su valor está no en pensar mucho, sino en amar mucho” (CEI, Nº 996); es
un concentrarse sobre sí mismo, y un trascender el propio yo, que no es Dios,
sino sólo una criatura. Dios es “interior intimo meo, et superior summo meo:
Dios es más íntimo que mi intimidad y más grande que mi grandeza” (San Agustín, Confesiones 3, 6,
11). Dios está en nosotros y con nosotros, y nos trasciende en su misterio. La
meditación cristiana no implica que el yo personal y su creaturalidad deban ser
anulados y desaparecer en el mar del Absoluto. De hecho “el hombre es
esencialmente criatura y así perdura en la eternidad, por eso no es posible que
sea absorbido el yo humano en el yo divino, ni en los más altos estados de la
gracia” (MC, 14).
¿Sobre qué
se funda la meditación cristiana?
La estrecha correlación entre lex orandi y lex
credendi, entre el modo de orar y el contenido de la fe cristiana que viene
profesada. La oración cristiana es siempre determinada de la estructura de la
fe cristiana, en la cual resplandece la verdad misma de Dios y de la criatura.
“La oración es fe en acto: la oración sin fe termina ciega, la fe sin oración
se desintegra” (Card. José Ratzinger,
Conferencia de presentación del documento MC). La humildad. Cuando más
se acerca una criatura a Dios, tanto más grande es su reverencia para con Dios,
tres veces santo. Se comprende ahora la palabra de Aquella que ha estado
honrada con la más alta de las intimidades con Dios, María Santísima: “Ha
mirado la humildad de su sierva” (Lc 1,48) y también las de San Agustín,
“Tu puedes llamarme amigo, yo me reconozco siervo” (San Agustín, Enarrationes in Psalmos CXLU). “no
podemos ponernos a igual nivel que el objeto contemplado, el amor libre de
Dios; ni siquiera cuando, por la misericordia del Padre, mediante el Espíritu
Santo mandado a nuestros corazones, viene donado en Cristo, gratuitamente, un
reflejo sensible del amor divino y nos sentimos como atraídos por la verdad, la
bondad, y la belleza del Señor” (MC, 31). El silencio: es necesario
redescubrir el valor del silencio, el cual crea un ambiente favorable para la
reflexión, para la contemplación, para la escucha inteligente (de sí mismo, de
Dios y de los otros), para la purificación y unificación de la persona. El amor
para con el prójimo. La meditación auténtica nos envía constantemente al amor
del prójimo, a la acción y a la pasión, y es así como nos acerca más a Dios.
Ella despierta en el orante una ardiente caridad, que lo empuja a colaborar con
la misión de la Iglesia y al servicio de los hermanos para la mayor gloria de
Dios.
¿Qué
dimensiones de la persona involucra la meditación?
La meditación involucra todas las facultades del ser
humano: la inteligencia, la memoria, el deseo, la voluntad, la atención, la
intuición, la imaginación, el sentimiento, el corazón, el comportamiento.“Esta
movilización es necesaria para profundizar la convicción de fe, suscitar la
conversión del corazón y favorecer el seguimiento de Cristo. La oración
cristiana por excelencia se detiene a meditar el “misterio de Cristo”, como en
la lectio divina o en el Rosario. Esta forma de reflexión orante tiene un gran
valor, pero la oración cristiana debe ir más lejos: a el conocimiento del amor
del Señor Jesús, y a la unión con El” (CIC, 2708).
¿Qué
importancia tiene el cuerpo en la meditación cristiana?
La experiencia humana demuestra que las posiciones del
cuerpo no son indiferentes en la disposición al recogimiento del espíritu,
involucrando las funciones vitales fundamentales, como la respiración y el
latir del corazón. Y esto es por la unidad de la persona, que es cuerpo y alma.
En la oración es todo el hombre, que debe entrar en relación con Dios, y el
cuerpo debe asumir la posición más cómoda para el recogimiento. La importancia
del cuerpo varía según la cultura y la sensibilidad personal.
¿Qué
importancia tiene la técnica en la meditación cristiana?
La meditación cristiana no es principalmente una
cuestión de técnica: es ante todo un don de Dios. Este don se concede en Cristo
a través del Espíritu Santo. El amor de Dios es una realidad de la que no
podemos apoderarnos con ningún tipo de método o técnica. La técnica puede
ofrecer una ayuda a la meditación cristiana.
¿Qué ayudas
puedo usar para meditar bien?
Se puede meditar recitando el Padre nuestro,
repitiendo lentamente una frase bíblica, contemplando con devoción una imagen
sagrada. “Nos ayudan los libros, y a los cristianos no les faltan, la Sagrada
Escritura, particularmente los Evangelios, los iconos, los textos litúrgicos
del día o del tiempo, los escritos de los Padres de la vida espiritual, las
obras de espiritualidad, el gran libro de la creación y el de la historia, la
página del hoy de Dios.
Aquí se abre otro libro el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. En la medida de la humildad y la fe que se tiene, se descubren los motivos que agitan el corazón y allí se puede discernir. Se trata de hacer la verdad para venir a la Luz: “Señor que cosa quieres que yo haga?” (CIC, 2705-2706). De este modo se procede en el camino de la santidad, y en la vida de la perfección.
Aquí se abre otro libro el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. En la medida de la humildad y la fe que se tiene, se descubren los motivos que agitan el corazón y allí se puede discernir. Se trata de hacer la verdad para venir a la Luz: “Señor que cosa quieres que yo haga?” (CIC, 2705-2706). De este modo se procede en el camino de la santidad, y en la vida de la perfección.
¿Existen
etapas en la vida de perfección?
¿Cuáles son
los métodos de meditación?
Son tantos los métodos de meditación como tantos son
los maestros espirituales. Pero un método es sólo una guía, lo más importante
es avanzar con la ayuda del Espíritu Santo sobre el único camino de la oración:
Cristo Jesús. “Todo fiel puede buscar y puede encontrar en la variedad y
riqueza de la oración cristiana, enseñada por la Iglesia, el propio camino, el
propio modo de orar, pero todas estas vías personales confluyen, al fin, en el
Camino a Padre que es Jesucristo. En la búsqueda de la propia vía cada uno se
dejará guiar no por sus gustos personales sino más bien por el Espíritu Santo,
el cual lo guiará por medio de Cristo hasta el Padre”(MC, 29). Tras la
variedad de los métodos, uno indicado por la tradición de la Iglesia como
particularmente bueno para meditar la Sagrada Escritura: es el que se denomina Lectio
Divina.
¿Cómo
practicar la Lectio Divina?
Los Padres espirituales indican 5 etapas en el meditar la Biblia, y la describen así.
Lectio: En esta primera etapa tomo la Biblia no como un
libro cualquiera, sino como el libro que contiene la Palabra de Dios que me
habla a mí. Escucho una Palabra viviente, que me da un mensaje personal. La
escucho como si fuese la primera vez. Hago el esfuerzo de tomar el sentido más
profundo posible. Me encuentro con la luz de Dios: ella hace morada en mi
inteligencia y la ilumina.
Oratio: Me esfuerzo de hablar con Dios con todo el corazón,
llamándolo en ayuda de mi debilidad. Es el momento de pedir a la Virgen María
que me comunique su modo de orar, hecho de confianza y amor, hecho de pureza en
el corazón. En su fe, en su silencio adorante, en su inocencia y en su coraje
de amar y de recibir el amor de Jesús, yo invoco su Hijo para que me socorra.
Me hago enseñar de El a orar al Padre en el Espíritu de amor. Mi corazón
aprende a hablar a Dios, si se deja inundar del amor de Cristo.
Contemplatio: Si he dejado que la Palabra, leída y meditada,
ilumine los ojos de mi corazón y de mi mente, si me he dejado interpelar en lo
profundo por el sentido de la Sagrada Escritura hasta madurar un deseo de
intimidad constante con Dios. Si he orado con fe infinita por mis hermanos y
por toda la Iglesia, ahora Dios responde. El infunde en mi corazón una
incapacidad de continuar meditando de modo discursivo su Palabra y me concede
una especie de participación al fuego de comunión de amor al interno de la
Trinidad.
Actio: Para darme el don de una íntima conversación, el
Señor espera de mi parte que multiplique en cada momento los deseos de comunión
con su amor.
¿Cuáles son
los límites del método?
¿Qué cosa
son las gracias místicas?
Son gracias especiales, conferidas de parte de Dios, por
ejemplo “a los fundadores de las instituciones eclesiales a favor de toda la
fundación, a otros santos, que los caracteriza la particular experiencia de
oración y que no pueden, como otros, ser objetos de imitación y de aspiración
para otros fieles, aunque pertenezcan a la misma institución, y sean deseosos
de una oración siempre más perfecta” (MC, 24). “No es el empeño
personal, sino la acción del Espíritu Santo la que introduce en la
contemplación mística, es una experiencia de Dios sin conceptos, sin imágenes y
sin palabras. El hombre no puede encontrarla ni hacerla con su propia voluntad,
sólo debe prepararse a recibirla” (CEI, 998).
¿Cuánto dura
la meditación cristiana?
La unión habitual con Dios, que viene llamada oración
continua no se interrumpe necesariamente cuando se dedica el hombre, según la
voluntad de Dios, al trabajo y al cuidado del prójimo. “Sea que coman o beban,
o hagan alguna otra cosa, hagan todo para la gloria de Dios”, nos dice el
Apóstol (1 Cor 10,31). San Agustín
al respecto afirma: “Sabemos que los eremitas de Egipto hacen oración
frecuente, y son todas brevísimas. Ellas son rápidos mensajes que parten hacia
Dios. Así la tensión del espíritu, tan necesaria para el que hace oración,
permanece siempre despierta y ferviente y no se atenúa por la duración excesiva
de la oración… a lo largo de la oración no se corta la incesante suplica, se
permanece en fervor y atención. El servirse de muchas palabras en la oración,
equivale a tratar una cosa necesaria con palabras superfluas. El orar consiste
en golpear a la puerta de Dios e insistir con devoto ardor en el corazón. El
deber de la oración se cumple mejor con los gemidos que con las palabras, más
con las lágrimas que con los discursos.
Las practicas de meditación (como por ejemplo el zen
o el yoga, la respiración controlada, el mantra...),
provenientes del oriente cristiano, y de las grandes religiones no cristianas,
pueden constituir un medio adaptado para ayudar al orante para estar delante de
Dios interiormente distendido. “Como la Iglesia Católica nada desprecia cuando
es verdadero y santo en estas religiones, no se deben despreciar
prejuiciosamente estas colaboraciones porque no son cristianas. Se puede por el
contrario, tomar de ellas todo lo que es útil, con la condición de no perder de
vista la concepción cristiana de oración, su lógica, sus exigencias, porque es
al interno de esta totalidad, que esos fragmentos deben ser reformulados y
asumidos. Sobre todo se puede aconsejar tener humilde aceptación de un maestro
experto en la vida de oración de sus directivas, de aquello que siempre ha
estado en la experiencia de la vida cristiana ya desde tiempos antiguos, desde
los padres del desierto. Estos maestros expertos en sentir con la Iglesia, no
sólo deben guiar y llamar la atención sobre determinados peligros, sobretodo
estos padres espirituales, deben introducirnos de forma viva, de corazón a
corazón, en la vida de la oración, que es un don del Espíritu Santo” (MC,
16).
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